Por: Sebastián Areiza (@sebasareizaxyz)
Es imposible no sentirse incómodo ante lo que está ocurriendo. Quizás sea (como lo mencionaron en redes desde anoche) que la eliminación ante Tolima nos tiene con bronca. Sin embargo, lo de ayer puede catalogarse como el ejemplo vivo de cómo morirse de hambre con la nevera llena.
Y la verdad es que, aun cuando queda media liga por jugarse y puede pasar cualquier cosa, van saltando de a poco todas las alarmas. Atlético Nacional es el único equipo del país -y no sabemos cuántos del continente pueden presumir de algo similar- que lleva siendo campeón cada año de forma ininterrumpida desde 2011. Ocho años donde los logros, grandes o pequeños, se vienen dando teniendo nóminas buenas y malas por igual y circunstancias diferentes, aunque con una constante de trabajo serio y jerarquía.
De igual manera, Nacional lleva acudiendo a Copa Libertadores de forma ininterrumpida desde hace cinco años (2014) con campañas que oscilan entre lo glorioso y lo nefasto, pero siempre estando. Si contamos la Sudamericana, el tiempo que nuestro amado equipo lleva figurando en el continente sin falta se extiende a siete años (Copa Libertadores 2012). Cosas que hablan de un equipo que está a años luz de los demás en el país y que tienen un factor en común: constancia.
Y justamente constancia fue lo que faltó ante un Cúcuta Deportivo que, en el papel, no debía representar un sufrimiento tal. Poco nos duró la sonrisa por el gol 5000 de Daniel Muñoz a los 30 segundos de partido (también récord absoluto del gol más rápido de Nacional en su historia, superando por dos segundos a Marlos Moreno y su gol ante Junior en 2015). Dos veces se puso el equipo en ventaja, dos veces dilapidó la ventaja y terminó cediendo los puntos de local.
La bronca es esa: saber que tenemos todas las herramientas del mundo y un cuerpo técnico capaz pero con todo eso perder de forma tonta. Tres puntos menos que estamos necesitando como agua en el desierto para subir peldaños en la reclasificación y tener una pálida chance de entrar a nuestro torneo predilecto, así sea de susto, por la ventana, necesitando que algún rival directo salga campeón y libere un cupo, para el 2020.
La bronca es la displicencia de Baldomero, que ni juega ni deja jugar. La bronca es una lesión innecesaria de un Bocanegra exhausto. La bronca es llegar al arco rival mil veces y no embocar ninguna. La bronca es ver al goleador en la banca, borrado sin razón aparente. La bronca es ver a Vladimir corriendo ochenta metros para ir a cortar un ataque rival porque nos llegan como si jugaran solos. La bronca es meter 29.000 personas de local y proteger un empate contra un equipo de la B sacando un delantero por un central al minuto 71.
Perdónenme por no escribir de forma optimista como siempre, sigo sin poner en duda que tenemos hombres capaces de darnos buenos resultados, que estos llegarán eventualmente, pero hoy me doy permiso de preocuparme.
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