
Por: Sebastián Areiza (@sebasareizaxyz)
Fue un partido complicado. Como casi todos los partidos de un equipo donde está Osorio. De los equipos de Osorio se recuerdan siempre los extremos: los goles agónicos que salvaron cabezas o los bailes que estuvieron a un caño o dos de terminar en disturbios, las derrotas dolorosas o los títulos ganados a pura épica. Gústenos o no, ya deberíamos estar habituados.
Y en últimas la historia de Nacional tiene mucho de esa eterna contradicción: ir de lo sublime a lo patético sin escalas, a veces con leves trazos de normalidad entre fecha y fecha. El partido contra Rionegro fue uno de esos tramos de aparente calma: Nacional se afianza en el primer puesto -después de 17 meses- y clasifica a los ocho sin drama y con anticipación.
Ese permanente vaivén entre las luces y las sombras ha hecho que muchos de nosotros, como hinchas, no seamos capaces de ver el bosque. Unos porque se sienten en la bonanza del 2016, aunque la fuerza de la evidencia nos dice que terminó y debemos construir sobre lo destruido. Otros porque se ven en la eterna precariedad e indolencia del equipo de Lillo o el Arriero, donde cualquier limosna de buen juego o actitud sirve.
Y ahí muchos pecamos, cada quien con su trauma personal, de primar la inmediatez por sobre el proceso. El que para muchos es un vendehumo tiene al equipo puntero, con una de las vallas menos vencidas y uno de los equipos más efectivos. También es cierto que mucho de los que lo vemos como lo más grande que le pasó al equipo empezamos a exasperarnos con sus chocheras, sus ataques de soberbia y sus inventos que han llegado a costar puntos. En cualquiera de los dos casos la discusión muere en el mismo lugar: hay sobrados argumentos para creer que Osorio sabe más de fútbol que todos nosotros y, además, algo de perspectiva tendrá de lo que pasa en el césped.
La prueba de eso se dio en el partido, promediando el segundo tiempo. Nacional pierde la pelota y se convierte en un equipo fácil de atacar. Cuadrado empieza a salir figura porque salva una y otra y otra y otra más. Y en ese momento Pompilio, el tercer brazo del míster, hace entrar a Baldomero Perlaza. Y no fue el desastre que todos esperábamos. De hecho, era un cambio cantado que sirvió para atajar los embates del visitante y manejar el marcador hasta el final. Las puteadas y la silbatina, muchas veces merecidas, esta vez estuvieron de más.
Cualquier sabiondo de folletín dirá que con el periódico del lunes es fácil opinar, que lo complicado es jugársela. Eso hay que dejárselo a los tullidos mentales que ven el fútbol y la vida como un lugar donde solo se puede tener o no la razón. A pesar del mal semestre, en líneas generales, aportó en gran medida a evitar el empate, y el vendehumo una vez más tuvo la razón. Aprendamos a ver la perspectiva de las cosas antes de rabiar. Si algo nos ha mostrado Osorio en casi cuatro años, con seis títulos como argumento, es que hay que mirar el bosque.
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